Miguel Ángel Sánchez de Armas
Fue el toque maestro de la primera visita papal a México, un recorrido preñado de simbolismos que marcó un hito en la mercurial relación entre el Estado mexicano y la iglesia católica. Hay una relación causal entre la presencia de Juan Pablo II en nuestro país y la reforma constitucional de 1993 que daría un giro de 180 grados a las relaciones con el Estado vaticano.
En aquel año hubo especulaciones encontradas sobre este gesto del Papa que no estaba en el programa y que nadie esperaba. Por diversas vías supe de versiones que lo hacían una estratagema calculada, una suerte de provocación al gobierno de López Portillo desde la sede de sector empresarial más compacto, más combativo y más antipriista del país, dolido aún por el asesinato de Eugenio garza Sada, del que muchos responsabilizaban al anterior gobierno de Luis Echeverría. Otras sostenían que había sido maniobra del gobierno dirigida al conservador grupo industrial regio, operada desde la Fundidora Monterrey, siderúrgica recién rescatada por el Estado y sede de la Sección 67 del Sindicato Minero, la caballería ligera del radicalismo rojo según los mismo ideólogos que denunciaron al lopezportillismo en el caso Garza Sada.
Ahora que en unas horas se inicia la quinta visita papal a México en 33 años, puedo dar a conocer la verdadera historia de aquella fotografía: fue un hecho sí deliberado, pero sin aquellas connotaciones: el casco y los lentes eran míos. Yo mandé ponérselos a Juan Pablo.
Para los jóvenes que no saben de qué hablo, aquí dos tomas del Puente de San Luisito sobre el río Santa Catarina en Monterrey -desde entonces “puente del Papa”- al atardecer del miércoles 31 de enero de 1979:

