Juego de ojos

"Juego de ojos" es la columna que escribo desde hace más de 20 años. Tomé prestado el nombre a Elías Canetti.
A lo largo del blog se alternan las ediciones de la columna con trabajos académicos, ponencias y noticias de libros que he presentado en México y en el extranjero.
(Este sitio dejó de actualizarse a partir del 30 de junio de 2012.)

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sábado, 25 de febrero de 2012

Ensayo - La expropiación de 1938: un episodio de comunicación política

Dr. Miguel Ángel Sánchez de Armas

Resumen. En marzo de 1938, el gobierno de México expropió la industria petrolera extranjera -norteamericana, británica y holandesa- que operaba en su territorio desde finales del siglo XIX. Ello precipitó una crisis que por momentos pareció desembocaría en una invasión militar y la ocupación armada de los yacimientos. Este episodio ha sido estudiado y reseñado desde todos los ángulos sociales, económicos y estructurales, con la notable ausencia de una amplia investigación acerca del papel que tuvieron las estrategias de comunicación y propaganda puestas en marcha por los bandos en pugna para fortalecer sus posiciones y hacer prevalecer sus intereses. El autor sostiene que además de factores económicos y sociales, el conflicto petrolero fue también una guerra de propaganda en la cual, pese a ser el contendiente más débil, México llevó la delantera.

Abstract. In March 1938 the American, British and Dutch oil companies that had been present in Mexico since the end of the 19th century were expropriated. This brought about a crisis that seemed would lead to a military confrontation and the occupation of the oil fields. This episode has been studied in its social, economic and structural consequences, but notably it lacks a close scrutiny of the communication and propaganda strategies that were set in motion by both parties during the confrontation. The author maintains that aside social and economic factors, the oil conflict was also a propaganda war that Mexico won in spite of being the weaker part.     




La expropiación de la industria petrolera extranjera en marzo de 1938 fue un momento clave en la vida de la nación posrevolucionaria. Por su carga simbólica propició la cohesión ideológica en el proceso de formación de una nueva identidad nacional anclada en los postulados de la Revolución y la Constitución de 1917. En el orden político, fortaleció al régimen y potenció a la corriente denominada “cardenismo” como una renovación ideológica y programática de los principios revolucionarios que fue la vuelta de tuerca de un proyecto de independencia basado en el control de las riquezas nacionales. En lo económico, proveyó una fuente de ingresos que habría de ser esencial para el desarrollo futuro del país y su inserción en la modernidad del siglo XX.


La expropiación desató una crisis que por momentos puso a México y a los Estados Unidos al borde de un conflicto armado. Las repercusiones de la medida configuraron uno de los episodios de mayor tensión en una relación históricamente difícil y se tradujo en uno de los momentos más dramáticos de la historia latinoamericana además de tener implicaciones mayúsculas tanto para la industria petrolera internacional como para la Revolución Mexicana.
El decreto expropiatorio lanzó ondas expansivas a los mercados financieros y prendió focos rojos en las cancillerías de un mundo que se aprestaba a una guerra mundial. Como consecuencia, y en paralelo al conflicto económico y político derivado de la expropiación, se desató una intensa guerra** de propaganda, quizá la faceta menos estudiada de aquel episodio. Las empresas petroleras aliadas con sectores poderosos de la economía y la política tanto en México como en sus países de origen buscaban debilitar y derrocar al gobierno del general Cárdenas y sustituirlo con un régimen favorable a sus intereses. El cardenismo montó su defensa en el ensanchamiento del apoyo político interno al régimen mediante acciones de propaganda que fortalecieran la idea de combatir al imperialismo norteamericano para salvaguardar los recursos nacionales.
En el presente trabajo se examinan cuatro facetas de la campaña de propaganda antimexicana desatada a raíz de la expropiación.
1. Los corridos del petróleo
Mediante hábiles acciones de propaganda que operaron sobre el extendido antiyanquismo de la idiosincrasia mexicana, el cardenismo pudo insertar en el imaginario colectivo la idea de que las dificultades del año 1938 eran consecuencia de una venganza de los gringos por la expropiación y no producto de políticas económicas equivocadas o de la lucha de facciones desatada por la proximidad de la sucesión presidencial. El resultado fue el fortalecimiento y no la deslegitimación del gobierno entre los sectores populares, gran parte de la clase media y una fracción de la inteligencia, principalmente de la izquierda.
La expropiación rápidamente se hizo tema de corridos, la expresión musical, generalmente anónima, que a la manera de los juglares difunde entre el pueblo hazañas y sucesos relevantes, y que de acuerdo a Merle Simmons, es el mejor instrumento para conocer y entender el sentir colectivo del pueblo mexicano.
Año de mil novecientos / del treinta y ocho a contar / sucedió lo que enseguida / yo les vengo a relatar. / El día dieciocho de marzo, / fecha de gran sensación / nacionalizó el petróleo / el jefe de la Nación.
Este género de expresión popular históricamente incorpora el sentimiento antiyanqui en muchos momentos de nuestra historia. Una perspicaz interpretación es de Lewis Gannett, quien al reseñar The Wind that Swept Mexico de Anita Brenner, escribió: “Sea que la revolución avance o retroceda […] la mayoría de los mexicanos se han acostumbrado a que Estados Unidos esté en contra. […] Están seguros de que la revolución avanzará, pero que sea suavemente o con la fuerza de un huracán, dependerá en gran medida de la actitud de los Estados Unidos. El pueblo mexicano identifica instintivamente a la contrarrevolución con la influencia norteamericana” (Glusker).
Yerguin (1991), consigna que un diplomático inglés que estuvo involucrado en el enfrentamiento de las petroleras con el gobierno de México, explicó a su gobierno en una nota que “el único tema en que los mexicanos de todas las clases están totalmente de acuerdo es en la convicción de que es un principio inalterable de la política estadounidense evitar el desarrollo económico y la consolidación política de su país”. El historiador norteamericano contemporáneo Richard Fagen propone que dada nuestra condición de país repetidamente humillado por los Estados Unidos y al mismo tiempo dependiente económicamente de este país, “México ha desarrollado una cultura política muy sazonada por el anti americanismo… o por lo menos asentada en un gran escepticismo respecto a los motivos y acciones de los Estados Unidos”. En una carta fechada el 2 de julio de 1938 en Ciudad Victoria, Marte R. Gómez confiaba a Jaime Torres Bodet, a la sazón encargado de negocios de la Embajada de México en Francia: “Cuando la radio transmitía el mensaje presidencial y en las conciencias penetraba la idea de que algo grande acababa de ocurrir, un ranchero de Matamoros se volteó para decirme: ‘Ya el Presidente se fajó los pantalones; dígale que no se los afloje y aquí nosotros o nos morimos a balas o nos morimos de hambre, pero no nos rajamos’”.
Durante la guerra de 1847, el pueblo cantó con ánimo rebosante de odio hacia los norteamericanos:
Los yankees malvados / no cesan de hablar / que habrán de acabar / con esta nación.
Y durante la primera guerra mundial, un olvidado trovador entonó al son de la vihuela:
Y por esos ambiciosos / nuestra Patria idolatrada / recordara el pueblo entero / que siempre ha sido ultrajado / no una sino varias veces / por esa gente ilustrada.
Inexactos como pudieran ser respecto al detalle histórico, los corridos sin duda reflejaban con un alto grado de certeza los temas y la inclinación del pensamiento popular, y recogían la verdad como el pueblo la percibía. Los cronistas musicales estaban cerca del pueblo y buscaban adecuar sus canciones al ánimo del auditorio a la que iban dirigidas. Dice Simmons:
La mayoría de los compositores de corridos viajan de pueblo en pueblo cantando sus propias composiciones y las de otros en las plazas y en las cantinas. Las exigencias de su profesión les mantienen en estrecho contacto con las corrientes de opinión, lo que justifica nuestra creencia de que los corridos, cuando son adecuadamente interpretados, son importantes documentos sociales e históricos.
Mucho antes de la expropiación, los petroleros ya eran tema de corridos. Entre 1923 y 1924 se registran varias composiciones que se refieren al intervencionismo norteamericano a favor de las empresas aceiteras y en contra del gobierno de Álvaro Obregón:
Los petroleros han jurado / boycotear (sic) a este gobierno, / el gringo es muy desgraciado / y es nuestro enemigo eterno.
En los campos petroleros alrededor de Tampico, en los años veinte, los trabajadores cesados expresaban así su descontento:
Los cesados en Tampico / y también los repatriados / quieren comer puros gringos / crudos y también asados.
El cardenismo hizo de la expropiación un potente y cuasi-religioso símbolo nacionalista que permeó el fervor popular. Identificó el acto expropiatorio con el rescate de la Patria, la operación de las instalaciones con la recuperación del mando sobre la nación y el enfrentamiento a los poderosos barones del petróleo con la reafirmación de los valores nacionales: el triunfo del David católico sobre el Goliat protestante. El petróleo fue colocado en el altar patrio al lado de la Guadalupana. En su estrategia de comunicación y movilización de masas, el cardenismo también operó exitosamente en el frente religioso, terreno de la iglesia católica. Hubo una tregua en el enfrentamiento en torno a la “educación socialista”. El clero mexicano se sumó al cardenismo y declaró desde el púlpito que la ayuda para el pago de la deuda adquirida era una medida patriótica. Bajo la firma de Luis M. Altamirano, arzobispo titular de Bizia, coadjutor de Morelia y secretario del Comité Episcopal, la revista Christus del 31 de junio de 1938 publicó una nota titulada “Los Católicos Mexicanos y la Deuda Petrolera”:
Aunque no ha sido necesaria ninguna exhortación para que los católicos mexicanos contribuyan generosamente con el Gobierno de la República a pagar la deuda contraída con motivo de la nacionalización de las empresas petroleras; juzgando que es oportuno expresar la actitud uniforme y reflexiva del Episcopado Mexicano en asunto tan importante, el Comité Episcopal, en nombre de dicho Episcopado, declara que no solamente pueden los católicos contribuir para el fin expresado en la forma que les parezca más oportuna, sino que esta contribución será un testimonio elocuente de que es un estímulo para cumplir los deberes ciudadanos la doctrina católica, que da una sólida base espiritual al verdadero patriotismo.
2. Propaganda e ideología
Pero contrariamente a una idea bastante generalizada, la expropiación, con toda esta simbología, no fue una medida extraordinaria nacida en la trinchera de la defensa de la Patria y al calor del asedio de un poderoso enemigo. Se trató más bien de un hecho predecible y en sintonía con la lógica política del régimen cardenista urgido de consenso interno que tuvo la inteligencia política y la audacia para reconocer y operar dada la naturaleza estratégica del petróleo en vísperas de la segunda guerra mundial en una ventana de oportunidad.
Además de los factores económicos y políticos, da a la expropiación petrolera relevancia excepcional la guerra de propaganda que desató. Se debe estudiar desde la perspectiva de una acción para generar cohesión y apoyo político internos y no sólo como una acción económica. Llama la atención el que casi en paralelo al enfrentamiento con los empresarios norteamericanos e ingleses del petróleo, el gobierno de Cárdenas, por conducto nada menos que del general Francisco J. Múgica,  secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, conducía una difícil negociación con los concesionarios suecos y estadounidenses de la telefonía, y pese a que también se trataba de un sector estratégico con grandes capitales invertidos e interés diplomático de gobiernos extranjeros, este enfrentamiento fue solucionado, si no amigablemente, sí con cierta conformidad de las partes y sin que adquiriera las dimensiones de conflicto internacional que tuvo el caso del petróleo.
En la expropiación fueron factores de naturaleza política interna y simbólicos, más que económicos, los que modularon el desarrollo del conflicto. En 1938, México ya no era uno de los principales productores de petróleo y de acuerdo con los conocimientos geológicos de la era sus reservas se encontraban en agotamiento. El mantenimiento de las instalaciones productivas por parte de las empresas había sido escaso en años anteriores. Tanto los estadounidenses como los ingleses habían trasladado el centro de gravedad de su interés a otras zonas del mundo que prometían rebasar ampliamente las riquezas del subsuelo mexicano. La proximidad de una guerra mundial había alterado la geopolítica y por ende las prioridades estratégicas. El conflicto con el sindicato era ciertamente una incomodidad desde el punto de vista industrial, pero las empresas, como se vería con el tiempo, siempre pudieron disponer de los recursos para satisfacer las demandas económicas del gremio y el gobierno de Cárdenas nunca perdió la capacidad de encauzar la movilización sindical hacia acuerdos de naturaleza menos radical que la expropiación.
Para las empresas, el problema de fondo era el temor de que el ejemplo se extendiera a los campos petroleros de Venezuela, en donde ya de diciembre de 1936 a enero de 1937 se había registrado la primera gran huelga de la industria en aquella nación. Ceder a las demandas de los trabajadores mexicanos era mandar un mensaje que pondría en riesgo las operaciones en Sudamérica. Para el gobierno mexicano, una solución de medio camino entre las partes no habría bastado para generar el efecto simbólico necesario para impulsar una movilización popular que blindara al régimen contra una creciente oposición política doméstica y cada vez mayores presiones externas.
En este contexto, además de las acciones jurídicas, políticas y diplomáticas, las empresas petroleras pusieron en marcha una campaña de propaganda para generar el rechazó a la medida del general Cárdenas con la intención de volcar a la opinión pública internacional en contra de ella.
La petrolera norteamericana Standard Oil de Nueva Jersey organizó lo que hoy llamaríamos un “cuarto de guerra” en sus oficinas corporativas del Rockefeller Center de Nueva York y contrató para dirigirlo a uno de los publicistas más hábiles y aguerridos de la época, Steve Hannagan. Desde ese cuartel se diseñaron y ejecutaron campañas de propaganda anticardenista y se organizó el cabildeo en el Congreso, en la Casa Blanca y entre grupos de presión mexicanos e internacionales adversos al gobierno de Cárdenas. La inglesa Royal Dutch Shell tomó por su cuenta promover el desprestigio de México en Europa y fue cabeza de lanza de acciones legales para incautar el petróleo mexicano en los mercados internacionales bajo la acusación de que se trababa de un producto robado.
Además de hundir al cardenismo, las campañas buscaron la derogación del decreto de expropiación, ya fuese mediante presiones políticas y económicas, o por la vía de la intervención armada. Para impulsar tal propósito compraron plumas, espacios y prestigios en la prensa de Estados Unidos, en la de México y en la de naciones europeas. Numerosos diarios norteamericanos, ingleses, francés, alemanes y de otros países daban por cierta la movilización de una fuerza expedicionaria para meter en cintura a los volátiles mexicanos, al estilo de la campaña antivillista del general Black Jack Pershing en 1916 o como una reedición de la toma del puerto de Veracruz por el almirante Fletcher en 1914.
En el escenario internacional, las empresas expropiadas buscaban crear la idea de que en México operaba un régimen confiscatorio (pro-comunista o pro-fascista según el caso) que al tomar los campos petroleros había comprometido el abastecimiento de combustibles de los Estados Unidos y sus aliados en vísperas de la guerra y por lo tanto era una riesgo para la seguridad nacional de estas potencias. Otra vertiente fue que el país estaba en vías de convertirse en un enclave del fascismo en América, en donde el nacionalsocialismo construía una plataforma bélica para atacar a Estados Unidos.
Al interior de México, las campañas tuvieron por meta persuadir a la población de que el general Cárdenas y su gobierno eran notoriamente incompetentes y estaban destruyendo la economía del país y colocándolo en riesgo de una invasión.
Pero la verdadera preocupación de las empresas petroleras no eran las pérdidas económicas con el tiempo se revelaría que el valor de las instalaciones industriales era en realidad una fracción de lo que reclamaban y la producción del hidrocarburo había descendido notablemente sino la posibilidad de que el ejemplo de México cundiera en la región, se exacerbaran el nacionalismo y el antiimperialismo y se desatara una ola de expropiaciones en América Latina. Como ha observado el profesor de la Universidad de Texas, Jonathan C. Brown (1993), autor de Petróleo y revolución en México, “en el escenario internacional las petroleras eran los árbitros supremos del mercado” y nunca antes ningún país había logrado imponer su soberanía sobre sus propios hidrocarburos sin haber sufrido graves consecuencias internas e internacionales.
Fue entonces una lucha ideológica la que el cardenismo libró. El gobierno mexicano operó contracampañas que fueron particularmente exitosas si se considera el contexto político de la época y la desigualdad de recursos de que disponían las partes. El presidente Cárdenas tenía una sólida experiencia en la movilización de masas y en 1938 había concretado la corporativización de las diversas fuerzas sociales mexicanas. Para la contraofensiva propagandística, tenía a su servicio un aparato de comunicación bien estructurado: el Departamento Autónomo de Prensa y Publicidad, organismo con rango de secretaría de Estado, dotado de fuerza política y recursos técnicos, si bien no de medios económicos equiparables a aquellos de los que disponían las petroleras.
La Standard Oil y la Royal Dutch Shell tenían bolsillos muy profundos, en tanto que México era un país al borde de la quiebra. Tuvieron a su servicio expertos formados en las escuelas de propaganda de la primera guerra; en México los operadores se habían formado en la práctica del activismo político. Las petroleras pudieron financiar campañas internacionales; México tenía problemas para enviar personeros a buscar apoyo social y político en Estados Unidos y en Europa. Las petroleras subvencionaron publicaciones importantes en ambos países; México imprimió unos cuantos folletos que se distribuyeron selectivamente, si bien en varios idiomas. Las petroleras insertaban sus mensajes en producciones de cine de amplia distribución; México produjo no más de quince películas de propaganda con algunas copias en inglés y francés.
¿Cómo explicar, en este contexto, que la propaganda de las petroleras no hubiera logrado generar amplias corrientes populares de opinión pública ni en Estados Unidos ni en México mientras que las campañas mexicanas fomentaron movilizaciones masivas que el propio Embajador norteamericano en aquella época reconoció nunca haber visto antes?
No hay una respuesta unívoca ni sencilla. Existe una multiplicidad de factores que deben analizarse para arrojar luz sobre la pregunta. Pero un hecho clave radica en la diferencia intrínseca de la propaganda de las partes. La mexicana estaba basada en una ideología y en una visión de nación, en tanto que las petroleras nunca pudieron apelar a nada más que la defensa de sus intereses económicos. Estudiar la propaganda mexicana en este escenario es fundamental para comprender la naturaleza del régimen cardenista. El cardenismo no pudo haber trascendido en ausencia de su aparato de propaganda.
Cárdenas fue un propagandista en el más amplio sentido de la palabra y un eficaz agitador, seguramente el más capaz en una generación de caudillos notables por sus habilidades en la movilización de masas. Ciertamente, hay una discusión y puntos de vista encontrados sobre la equivalencia de los términos “propagandista” y “agitador”. Plekhanov (citado por Kenez, 1985) escribió que “un propagandista presenta muchas ideas a una o a pocas personas; el agitador presenta sólo una o unas pocas ideas, pero lo hace a una gran masa de personas”. Lenin (ibíd.) abunda en esta distinción, al igual que Michels (1991): “El propagandista opera principalmente mediante la palabra impresa; el agitador, mediante la palabra hablada”. En realidad, como apunta Kenez, es una discusión fútil que no arroja luz sobre la materia ya que es imposible diferenciar en la práctica al agitador del propagandista. En consecuencia no tengo reparo en utilizar ambos términos indistintamente y me parece que con justicia se pueden aplicar para describir esta faceta del Divisionario de Jiquilpan.
Cárdenas sin duda destacó entre sus pares porque de todos fue el más preparado políticamente y el que mejor entendió las necesidades del momento y la naturaleza de la lucha en la que el país estaba inmerso. Desde muy joven comprendió que el éxito de la lucha política pasa por la organización y dirección de la energía social de las masas. A este fin aplicó su notable disciplina y fuerza de voluntad. Es cierto: una persona que durante años se ha empeñado en la lucha política entenderá con mayor claridad la necesidad de generar apoyo popular que otra que sólo se haya dedicado a dar órdenes, como fue el caso de otros caudillos revolucionarios.
3. La guerra de la prensa
La expropiación cimbró a los mercados financieros, a los círculos diplomáticos y a los medios de comunicación de un mundo que se aprestaba a la guerra. Naturalmente fue en la prensa de Estados Unidos y de Gran Bretaña, los dos países afectados, en donde el hecho tuvo mayores espacios. En las planas de grandes diarios metropolitanos y de los regionales, y en las revisas informativas que comenzaban a circular (en 1938 Time estaba en su quince aniversario) se siguió puntual y abundantemente la información del insólito espectáculo de una nación tercermundista enfrentada sin vacilar, y con éxito, al poder de los consorcios petroleros. Con el tiempo, las publicaciones periodísticas serían la artillería pesada de las ofensivas de propaganda enderezadas contra el gobierno de Lázaro Cárdenas.
Mucha de la información que aparecía sobre la expropiación tenía su origen en Nueva York, en Washington, en Chicago o en Los Ángeles, a partir de declaraciones de políticos, diplomáticos y hombres de negocios extranjeros o con datos proporcionados por la Standard Oil y demás empresas expropiadas. Otras fuentes fueron las agencias cablegráficas que también transmitían desde México. El periódico que cubrió el evento de manera más directa, consistente y sistemática fue The New York Times a través de su corresponsal, Frank L. Kluckhohn, y sus notas eran frecuentemente retomadas por otros medios. Hubo visitas de enviados especiales, desde luego, entre ellos Anita Brenner, del New York Times Magazine; Betty Kirk, del diario Christian Science Monitor, y Adamatios Theophilus Polyzoides, de The Los Angeles Times. El 28 de marzo, diez días después de la expropiación, The New York Times publicó una nota de seis párrafos dando cuenta de la visita de 118 representantes de la California Press Association a México y su recorrido de dos semanas por el país. La “nota” fue la declaración de un ex gobernador de California que estuvo con la delegación, en el sentido de que “el misterio de la expropiación es saber si México va a conseguir el dinero para pagar por las propiedades tomadas”.
Otra cobertura que ocupó espacios y contribuyó a la desinformación sobre la medida expropiatoria fue la de “interés humano” sobre la suerte de los empleados extranjeros. Si bien no se registraron casos de violencia física en contra de ellos o de sus familias durante la toma de las instalaciones en diversos puntos del territorio, algunos incidentes se inflaron desproporcionadamente y dieron la idea de una inminente persecución que evocaba a la que sufrieron los extranjeros durante el alzamiento de los bóxers en China a principios de siglo. El 22 de marzo, el New York Times publicó una nota de primera plana, firmada por Kluckhohn, con la cabeza “35 americanos huyen de la zona petrolera mexicana; británicos en éxodo – Salen apresuradamente del Istmo de Tehuantepec luego de amenazas de muerte a extranjeros – Se reporta la detención de un ciudadano – Se dice que un ejecutivo de una subsidiaria de la Standard fue detenido por trabajadores en Tampico”. En el cuerpo de la información se afirma que los estadounidenses y británicos fueron objeto de amenazas, pero no se precisa cuándo y cómo tales amenazas tuvieron lugar. El supuesto incidente fue reproducido por otros diarios y se generó un ambiente de alarma por la seguridad de aquellos ciudadanos. Pero en los informes de la embajada norteamericana el incidente apenas si se menciona como una fricción pasajera, y los propios involucrados poco después aclararon que nunca fueron objeto de amenazas y que el supuesto “enfrentamiento” había sido en realidad una discusión acerca de los tiempos y la forma en que algunas oficinas debían ser entregadas a los representantes acreditados del sindicado. Ni el New York Times ni Kluckhohn aclararon posteriormente la información.
Otro tema desplegado por los diarios que alentó la consternación entre los públicos norteamericanos, fue el de las ventas de petróleo mexicano a las potencias del eje después de la expropiación, pero sin aludir al boicot de las petroleras que obligó al gobierno de Cárdenas a buscar urgentemente mercados en Europa y Asia y desde luego sin hacer mención de que empresas estadounidenses como la Standard Oil tenían años proveyendo de combustible a Japón, a Alemania y a Italia. De esta manera se atizaba la sensación de que los mexicanos habían gravitado hacia la esfera de influencia del fascismo y se fortalecía el percibido antiyanquismo del gobierno de México.
Además de la falta de contexto histórico, las informaciones servidas por la prensa estadounidense a sus auditorios frecuentemente tenían como fuente única a las empresas expropiadas y no incorporaban la versión de los mexicanos. Por ejemplo, casi invariablemente se reproduce la cifra de entre 400 y 450 millones de dólares como valor de las instalaciones expropiadas que las propias empresas dieron a conocer en el primer momento, pese a que desde 1935 el Departamento de Comercio de Estados Unidos había situado el valor en 69 millones de dólares y el gobierno de México en 64 millones:
Se destacaba el daño infligido a las empresas sin mencionar que muchas concesiones habían sido obtenidas por medios ilegales o inmorales, y sin hacer mención de las ganancias obtenidas durante los años de operación, el control absoluto sobre los volúmenes de producción, la evasión fiscal y las condiciones de los trabajadores, que si bien mejores que las de otros trabajadores, eran inferiores a las de sus homólogos extranjeros.
Al reseñar las manifestaciones que siguieron al 18 de marzo, las informaciones dan mayor importancia a incidentes como el abucheo de turistas norteamericanos y las consignas antiyanquis, incluso sugieren un acarreo de participantes, en tanto que minimizan el hecho evidente del amplio soporte popular que la medida desató, algo que historiadores como Albert Michaels y el propio embajador Josephus Daniels no pudieron menos que notar. “Una ola de entusiasmo desbordante recorrió el país”, escribió Daniels. Y no escapó a su ojo de periodista y diplomático profesional, que el entusiasmo popular fue compartido por los mexicanos más allá del petróleo, convencidos de que debían formar un sólido frente único. Michaels (1970) juzga que durante un breve interludio, “Cárdenas había logrado la unidad por la que había luchado desde su elección”.
Otro tema que no fue incorporado con el valor informativo que sin duda tenía, fue la reiterada promesa del gobierno cardenista de que las empresas serían compensadas de manera justa y equitativa conforme a la ley mexicana, lo que se tradujo en informaciones sesgadas que no daban a lector elementos claros de juicio. Como dato interesante, los hábitos personales de austeridad, trabajo y honradez del presidente Cárdenas sí encontraron espacio en muchas de las informaciones, pero junto a la nota de sus simpatías “pro comunistas” o “pro socialistas”. En un artículo de Frank Kluckhohn el corresponsal del New York Times que sería expulsado del país por lo sesgado y prejuiciado de sus despachos se alaba a Cárdenas por su alejamiento de las clases aristocráticas y su cercanía con el pueblo y se le describe como “un hombre de buena voluntad” quien sin embargo estaba empeñado en programas que estaban llevando al país hacia un “Estado totalitario”.
Aunque la mayoría de los comentarios editoriales fueron desfavorables a México, se registran excepciones. El 10 de abril de 1938, el periodista Bertram D. Hulen en el New York Times se congratuló de que las relaciones oficiales entre México y los Estados Unidos hubiesen salido airosas de la tormenta ocasionada por la expropiación. Adamatios Theophils Polyzoides, de The Los Angeles Times, viajó a México y reportó que entre el pueblo privaba en realidad una fuerte corriente de simpatía hacia Estados Unidos, que Japón y Alemania eran muy poco admiradas, que los principales diarios coincidían en que México pagaría su deuda petrolera y que ésta era un asunto doméstico y no internacional. Después de desmarcarse de la corriente periodística que proclama la suficiencia de unas cuantas semanas para escribir un libro de análisis, Polyzoides informa que México está en paz porque trabaja intensamente y que “las diversas fuerzas vitales desatadas por la revolución están de alguna manera bajo control”. En el New York Times Magazine, Anita Brenner elogió los programas sociales del presidente Cárdenas que permitieron que muchos mexicanos “comprendieran por primera vez que eran ciudadanos con derechos” y dieron a los campesinos la primera esperanza de una vida segura y con comodidades. Bruce Rae, editor adjunto del New York Times, entrevistó al presidente Cárdenas y recogió la invitación personal del Primer Mandatario a las empresas para buscar en forma conjunta un arreglo. Randall Pond escribió en la revista católica Commonweal que “cualquier norteamericano que haya conocido aunque superficialmente los métodos de las empresas petroleras en su propio país, bien puede imaginarse lo que una llamada ‘nación atrasada’ debe sufrir cuando uno de los más poderosos monopolios internacionales deja caer todo su peso para obtener el oro negro”. Y añade que los pueblos que guardaron silencio durante mucho tiempo “ahora revelan cómo hombres y mujeres fueron drogados, alcoholizados o asesinados para despojarlos de sus terrenos petroleros”.
Hugh Morgan (1984) tiene un juicio implacable:
La prensa norteamericana examinó a la presidencia de Lázaro Cárdenas a partir de sus propios prejuicios, y sus informaciones raramente fueron nutridas por el entendimiento de la dinámica de la sociedad mexicana o por el conocimiento de la historia de México. Los periodistas, al no poder apartarse de su chauvinismo, dieron a sus notas un tono hipócrita. Determinaron qué era verdadero desde el punto de vista de los valores culturales, actitudes y creencias preconcebidas estadounidenses, de tal suerte que al escribir sobre los acontecimientos que tuvieron lugar en el cardenismo necesariamente se referían sólo a aquello que podía interesar a los lectores estadounidenses.
4. Política exterior y política interior
La expropiación petrolera de 1938 fue sin duda el episodio cimero en la construcción del nacionalismo mexicano después de la Revolución y uno de los sustentos ideológicos y programáticos del moderno Estado mexicano. En materia de política exterior, redefinió la naturaleza de la relación con los Estados Unidos y con Inglaterra e influyó en las determinaciones jurídicas sobre los recursos naturales en los países de América Latina. Fue un paradigma en el sentido de que contuvo casi todos los elementos que después se encontrarían en otras manifestaciones nacionalistas, muchas de las cuales se modelaron más o menos conscientemente en la experiencia mexicana. Al mismo tiempo fue particularmente dramática precisamente por haber sido el primer suceso de esa naturaleza: la expulsión de empresas petroleras extranjeras de un país subdesarrollado en nombre de la soberanía nacional. El ejemplo mexicano facilitó la consumación de expropiaciones en otras latitudes.
En mayo de 1938 Cuba promulgó una ley que reservó al Estado los derechos sobre los recursos minerales, limitó a treinta años las concesiones e impuso una tasa del 10% a la producción; en agosto siguiente Costa Rica intentó nacionalizar los servicios de luz, transporte y telefonía; en Colombia la producción petrolera fue declarada de utilidad pública y por lo tanto sujeta a expropiación; en 1939 Chile organizó un monopolio gubernamental para la distribución y venta de petróleo; en 1941 Ecuador promulgó una ley minera basada en la de México; Brasil nacionalizó la industria petrolera y decretó la propiedad estatal sobre los depósitos de carburo y las refinerías; Uruguay expropió seis refinerías angloamericanas y en 1949 Argentina incorporó preceptos constitucionales nacionalistas en materia de recursos del subsuelo.
Raúl Benítez (1990) nos recuerda que el ejemplo mexicano al resto de los países del tercer mundo fue notable en los años de la posguerra. La expropiación de 1938 es el antecedente de la nacionalización del petróleo en Irán en 1949, en Perú en 1968 y en Venezuela en 1976; de las minas de estaño en Bolivia en 1952; de las empresas fruteras pertenecientes a la United Fruit en Guatemala, de 1951 a 1954; de la nacionalización del Canal de Suez en 1956 en Egipto; de la nacionalización de las empresas mineras de cobre y salitre en 1971 en Chile; y de los tratados que regresaron el Canal de Panamá a la soberanía de aquel país en 1977. En lo que respecta al Canal de Suez, hay testimonios de que a solicitud del gobierno egipcio, el presidente mexicano Adolfo Ruiz Cortines nombró como Embajador a uno de los actores de la expropiación, don Alejandro Carrillo Marco, con la misión expresa de compartir con el régimen de Gamal Abdel Nasser aspectos políticos y legales de la expropiación mexicana que pudieran servir de sustento a la nacionalización del canal.
Sin duda una de las razones de que la expropiación se insertara en el imaginario popular de la manera en que lo hizo, en un corte transversal que abarcó a todas las clases y grupos sociales, tiene que ver con las peculiares características que colorean los sentimientos de los mexicanos hacia Estados Unidos, una mezcla de resentimiento, rencor, desconfianza y admiración que genéricamente se traduce en antiyanquismo.
Un observador extranjero escribió a su gobierno: “Sea lo que sea que los empresarios locales piensen del presidente Cárdenas, su audaz golpe a los principales intereses extranjeros en el país no puede sino ser fuente de gran satisfacción para muchos ciudadanos mexicanos de todas las clases”. Este rasgo del carácter mexicano era tan evidente que ni León Trotsky dejó de percibirlo. Según este dirigente soviético exiliado en México, el sentimiento antiamericano y antibritánico demostrado por el pueblo mexicano durante el conflicto con los sindicatos petroleros había sido fomentado por agentes alemanes.
Para Randall Pond, la expropiación de las empresas extranjeras propició entre los mexicanos un nivel de unidad no visto “desde la invasión francesa de 1862”. La Iglesia y la Universidad instituciones que por diferentes razones habían tenido choques con el gobierno de Cárdenas apoyaron abiertamente la medida en contra de las empresas extranjeras. Se reeditaba lo acontecido en 1916 cuando la “expedición punitiva” del “laureado general” Pershing, según documenta Allen Rosenberg (citado por Aguirre): “Aquello fue la guerra de guerrillas en su máxima expresión. Éramos los invasores extranjeros. Todos estaban en contra nuestra... aunque no estuviesen a favor de Villa”.
Pero el respaldo a la expropiación no fue unánime. Varios caudillos revolucionarios hicieron pública su insatisfacción con la medida, lo mismo que grupos de la clase media y de la intelectualidad. En la revista Hoy del 26 de mayo de 1938, Rodulfo Brito Foucher calificó de “terror mexicano” a las políticas del cardenismo. La reacción contraria más radical fue la de Saturnino Cedillo, el hombre fuerte de San Luis Potosí, quien desconoció al gobierno de Cárdenas el 15 de mayo y calificó a la expropiación de acto “antieconómico, antipolítico y antipatriótico”.
La estrategia de movilización del cardenismo, traducida en acciones de propaganda a cargo del Departamento Autónomo de Prensa y Publicidad (dapp) logró su objetivo interno. Si bien las manifestaciones que siguieron al 18 de marzo y las de los meses siguientes fueron alentadas o abiertamente organizada por el gobierno, la participación popular en ellas fue mucho más allá de cualquier “acarreo” y se convirtieron en una corriente de nacionalismo incondicional que amalgamó a todas las clases sociales y se volcó en un masivo apoyo popular al régimen. Sin duda la expresión más conmovedora fueron las filas de gente del pueblo en ciudades y pueblos y a las puertas del Palacio de las Bellas Artes en la capital de la República para entregar modestas prendas, animales y dinero como óbolo para la causa.
Cárdenas y sus aliados en particular la Confederación de Trabajadores de México (ctm) lograron levantar en la sociedad mexicana una ola de entusiasmo y apoyo a la medida expropiatoria como no se había visto en México desde el triunfo de Madero sobre la dictadura de Porfirio Díaz. La concentración organizada por la ctm en apoyo a la nacionalización, el lunes 21 de marzo, fue uno de los momentos culminantes del cardenismo, del nacionalismo y del proceso revolucionario en general. La expropiación fue declarada por Vicente Lombardo Toledano, secretario general de la ctm, como el verdadero principio de la independencia política de México.
Más arriba fue consignado el apoyo explícito que la Iglesia Católica otorgó a la expropiación tanto a través de sus representantes como en su revista mensual Christus.
El petróleo se había convertido en un símbolo de la dependencia y sometimiento al vecino que en una guerra alevosa había despojado a México de la tercera parte de su territorio. Explotado por manos extranjeras y expoliada aquella riqueza en beneficio del imperio, encarnaba el sojuzgamiento a los Estados Unidos. Cuando Lázaro Cárdenas lo expropia en 1938, no había transcurrido aún una generación desde la toma de Veracruz. La resistencia popular al desembarco de marines que sin declaración de guerra tomaron el puerto en abril de 1914 y el sacrificio de jóvenes cadetes de la Academia Naval en defensa del suelo patrio, eran historia reciente. La toma del puerto había confirmado que Estados Unidos por todos los medios impondría su voluntad al pueblo de México.
En el imaginario popular, pues, petróleo y soberanía se hicieron sinónimos sin transición. De nueva cuenta la Patria llamaba a la heroica resistencia contra el invasor yanqui. En 1938, Cárdenas con la expropiación recuperaba el honor y la dignidad nacionales.

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* Coordinador nacional de comunicación social de Nueva Alianza. Profesor e investigador universitario. Este texto forma parte de un libro en preparación.
** El señalamiento de Lorenzo Meyer es pertinente para los efectos de este trabajo: “La definición clásica de guerra implica la hostilidad armada entre dos o más unidades políticas que, generalmente, son Estados; sin embargo, el concepto también se puede extender y aplicarse a una situación de hostilidad, conflicto, oposición o antagonismo entre fuerzas físicas, mentales o sociales”. MEYER, Lorenzo (11 de febrero de 2010). “México y sus guerras”. Reforma, p. 13.

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